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El retorno del animismo y la superstición: posmodernidad, ¿de vuelta al pasado?

Por José Manuel Ventura Rojas.

El origen inmediato de este artículo fue la escucha de una conversación entre varios amigos míos. En ella, advertí una casual mezcla del lenguaje científico con una broma usando el lenguaje «de la calle». En concreto, se referían mis mencionados colegas a la mecánica clásica, el efecto de las fuerzas gravitatorias sobre un cohete. En un momento, uno de ellos aludió al poder de atracción gravitatoria de la siguiente manera: «y entonces va la tierra y le dice al cohete: ‘niño, ven aquí’». Es normal que, cuando se está en una conversación informal, se usen estas expresiones coloquiales, sin que ello suponga un problema.

Lo malo es que, cuando al hombre corriente —como dice el dicho, «metámonos todos y salga quien pueda», incluidos una no desdeñable porción de poseedores de «certificados de altos estudios»— se le habla de ciencia, ocurre que en muchas ocasiones las metáforas se convierten en la única realidad. Así, por ejemplo, nos da la impresión de que los ordenadores trabajan, no «como por…», sino «por arte de magia». La mayor parte de los habitantes del planeta, incluso quienes pueblan Occidente y tienen mayores posibilidades de acceso al conocimiento, no acaban de ajustar totalmente en sus mundos mentales propios las invenciones y hallazgos de la ciencia y la técnica. En su imaginación siguen presentes las ideas de vagos espíritus, poderes etéreos o conceptos similares como rectores del mundo, en vez de los conocimientos científicos acerca de las propiedades de la materia y los procesos físico-químicos: las propiedades de los minerales, el magnetismo y la electricidad para almacenar sonidos u otros tipos de información (cintas magnéticas, CDs, microchips,…) A pesar de los avances científicos y tecnológicos del último siglo, la gente no acaba de encajarlos en sus «mentalidades», en su forma de pensar cotidiana. Para la mayor parte del común, esos nuevos descubrimientos e ideas no pasan, si es que llegan allí, del nivel de las «opiniones» —empleando los términos que usara el historiador M. Agulhon en otro contexto—, de ese nivel más superficial donde se asientan las novedades ideológicas, sin que éstas lleguen a calar en el sustrato de comportamientos más profundo, arraigado por la costumbre.

Se sigue creyendo hoy en la magia, en la brujería y en supersticiones de todo tipo. Como si de electrodomésticos o de computadores se tratara, continúan utilizándose, por ejemplo, los horóscopos, el tarot, la quiromancia y demás recursos de adivinación. Y no ya como unas vías de conocimiento con posibilidades de ofrecernos pistas para orientarnos en el mundo, sino como un vademécum con todas las respuestas a las necesidades de cada persona. Las supercherías, que hoy conforman un amplio mercado, se visten con un doble ropaje: de secretos y misterios por un lado, y de conceptos sincréticos, generalistas y harto superficiales por otro. Hay una forma muy fácil de distinguir a las disciplinas que no cuentan con un método tan riguroso y fiable como el de la ciencia pero pueden ser útiles, de las supersticiones y los engaños: los fraudes y falsedades se amparan en el misterio y en la confusión. No intentan explicar, sino sólo afirmar.

Para mayor desgracia, la ignorancia ha llevado, no sólo a la continuidad de antiguas supercherías, sino a la creación de otras nuevas, apoyadas en el esquema de las antiguas y adornadas con la charlatanería pseudocientífica actual —retazos y jirones amputados, descontextualizados y tergiversados del verdadero tronco de la ciencia.

Ese imaginario colectivo actual de OVNIS, abducciones —no estoy hablando de la posibilidad de vida en otras zonas del universo, sino de «los hombrecitos verdes»—, dimensiones paralelas y viajes en el tiempo, no se diferencian mucho de las creencias de antaño sobre los fantasmas, hadas y duendes —seres de otros mundos fuera de éste u ocultos—, la magia, los brujos —personas que podían interactuar y manejar las fuerzas sobrenaturales—, etcétera.

Personalmente, defiendo un «escepticismo positivo» ante la vida. Es decir, intento creer que hay fenómenos que, aunque no están probados científicamente, puede que existan, a diferencia del «escéptico negativo», que lo niega todo hasta que se demuestre lo contrario. Para ser más preciso, entiendo al escéptico positivo como a quien se sitúa con el punto de vista de «presunta inocencia», mientras que el escéptico negativo situaría los objetos de su estudio como «presuntos culpables», condenando de antemano hasta que no se demuestre la inocencia. Hay fuerzas en el universo que aún no comprendemos, y que estamos intentando explicar; pero ello ha de ser realizado partiendo de una base científica, no supersticiosa. Y es más: de una base científica moderna, y no a partir de esa «ciencia decimonónica» que se suele tener en mente. Ya no hablamos de un racionalismo mecanicista, de la pura inducción y la deducción primitivas e ingenuas, sino de una postura de escepticismo positivo y de mentalidades abiertas, pero no por ello menos rigurosas y serias.

La magia y las supersticiones están basadas en gran medida en creencias animistas. Entendemos por animismo la tendencia a atribuir a los entes y las cosas, orgánicos e inorgánicos, un alma análoga a la que poseen los seres humanos. El animismo suele manifestarse en los niños como la tendencia a atribuir a las cosas un alma y unas intenciones. Más o menos como en la metáfora que usó mi amigo para hablar de la tierra y el cohete. El animismo es el ingrediente presente en los primeros estadios de la conciencia humana, a un nivel similar al que experimentamos en la niñez, en el cual creemos que los animales y cosas poseen un alma como la nuestra, debido a que todavía no hemos establecido una distinción clara entre nosotros y el mundo. Es decir, aún no conocemos la diferencia entre el idios kosmos y el koinos kosmos; o lo que es lo mismo, nuestra idea personal del mundo, frente a la forma que en realidad tiene el universo. Cuando hablamos de «la realidad» nos estamos refiriendo al koinos kosmos. Pero, ¿existe esa «realidad»? En verdad, esto último, percibir ese koinos kosmos, consiste en realidad en darse cuenta de que es un acuerdo convencional establecido entre los seres humanos, preocupados por desarrollar sus relaciones y comunicaciones sobre un terreno estable. La confusión entre ambos conceptos —idios kosmos y koinos kosmos— no solamente se da en la niñez: también la encontramos en buena parte de los adultos que nos rodean, así designados meramente por un criterio de cronología biológica, mas no mental.

Nuestro gran reto es conocer a través de la comprensión del mundo que nos rodea y de nosotros mismos, estudiando los puntos de contacto y separación entre nuestro Yo, las identidades de los demás y el mundo. Desgraciadamente, es fácil perder el rumbo, y los riesgos acechan constantemente. El racionalismo no es malo en sí mismo como afirman muchos —esos «inquisidores de los sentimientos» que creen bobamente que el sentimentalismo sólo consiste en bondades y que el «racionalismo frío» es algo malévolo—; por el contrario, el uso de la razón no es más que una herramienta. El error radica en empaparse de racionalismo creyendo que éste ha calado nuestro carácter y suprimido nuestra subjetividad, que siempre está ahí. Hablamos del peligro de que, creyéndonos «eficazmente racionales y objetivos», no nos damos cuenta que nuestra subjetividad ha tomado el racionalismo como un disfraz, pura apariencia que enmascara una conducta irracional.

Por otro lado están, por supuesto, los riesgos de un exceso de irracionalismo y subjetividad: el retorno del animismo y de la superstición como rectores de nuestra mentalidad, que confundirían nuestra identidad y el mundo, obstaculizándonos una verdadera comprensión de lo que nos rodea y de nosotros mismos. No pretendemos decantarnos por una opinión excluyente de apología o condena del racionalismo o del irracionalismo, de la razón o de los sentimientos. Por el contrario, partimos de la afirmación de que los seres humanos poseen una doble faceta que incumbe ambas posturas y manifestaciones. Nos interesa pronunciarnos en contra de los extremismos irreflexivos o mal elaborados. Hay que desconfiar de las explicaciones reduccionistas y maniqueas. Buen ejemplo de los excesos de cada una de las tendencias mencionadas puede hallarse en los fenómenos fundamentales del siglo XX. Las guerras mundiales, las sombras de los procesos de industrialización y formación de la sociedad de masas, los totalitarismos, testimonian claramente los abusos de los motores de una Razón y unos Sentimientos entronizados como verdades únicas y excluyentes, como instrumentos de los seres humanos al servicio de la dominación de sus semejantes (cuando no, de forma más cruel, encubiertos eufemísticamente bajo la divisa de instrumentos para la liberación). Por poner otro ejemplo, una teoría de los sentimientos humanos que se pretenda completa debe conjugar tanto el aspecto fisiológico y material como el espiritual o intangible, tanto los instintos como la razón. Y basta ya de considerar las demostraciones de la física o de las ciencias naturales como algo prosaico, carente de poesía. Nunca suelen faltar personas que protestan y condenan irreflexivamente a la ciencia cuando, por ejemplo, se habla de una explicación de los sentimientos amorosos —por poner uno de los más polémicos— a través de estudios de las reacciones químicas y biológicas del cerebro y del resto del organismo humano, o del papel de los instintos en ello. ¡Como si sólo estuviese permitido hacer poesía sobre ciertos vagos espíritus, y hablar de la química fuese algo innoble! Claro está, resulta molesto —sobre todo a los humanistas— porque se teme que las explicaciones científicas conviertan al ser humano en una suerte de máquina o marioneta dirigida por las presiones del entorno y por las leyes de un universo mecanicista, desterrando la idea del libre albedrío en su comportamiento, así como el tan popular antropocentrismo, a veces tan cercano al animismo. Los senderos de los equívocos comienzan en los desprecios de los «espiritualistas» hacia la materia, hacia «lo ya explicado», y sus preferencias de una «poética de elementos etéreos, espirituales o intangibles». Son el camino hacia las «mixtificaciones» útiles a la charlatanería.

Decía Larra en un agudo artículo que las personas creen mentiras cuando no encuentran verdades en las que creer, razonamiento con el cual definía la superstición. Las supercherías no son más que esas actuaciones vestidas bajo un manto de oscurantismo y charlatanería para hacernos pasar por verdad ciertos engaños y falsedades, en momentos en los cuales los seres humanos no deseamos oír la verdad, sino algo que nos conforte. Los farsantes se aprovechan de los momentos de debilidad de los seres humanos, así como de sus flaquezas tales como el egocentrismo y el orgullo, la cerrazón ante las verdades que no nos gustan y la aceptación de la que gozan en muchas ocasiones las «mentiras piadosas» —bien lo sabía Joaquín Sabina, poniéndolo de manifiesto en una magnífica canción homónima.

Concluyo con un llamamiento animado a la difusión de una conciencia abierta y crítica, necesaria para la creación de verdaderos ciudadanos. «Si sapiens eres, actúa como tal y defiéndelo».

Sobre el autor: José Manuel Ventura Rojas era, en el momento de publicación de este artículo, becario de investigación del Departamento de Historia Contemporánea de la Univ. de Córdoba y Lcdo. en Historia por la Univ. de Córdoba.

Artículo publicado en Isagogé 0 (2003).

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