Artículos Selectos

La catedral

Por Juan de Gorostidi Colás.

Lo primero que llama la atención de la catedral de San Vespasiano es la disposición de la planta. Armónica en sus proporciones, la planta tiene forma de llave inglesa; hecho curioso si se tiene en cuenta que la catedral se construyó en el apogeo del gótico y la invención de la llave inglesa es muy posterior.

Poco se sabe del maestro constructor, André Depié, pero se adivina por muchos detalles que era un fiel seguidor de la ciencia hermética. La catedral rebosa de guiños al iniciado en las artes esotéricas. Las constantes alusiones a la piedra filosofal, el mercurio filosófico, los gallos del tiempo portugueses y el principio creador tal como era entendido por los francmasones, así lo atestiguan.

Al cruzar el imponente pórtico, una sensación difícil de explicar nos embarga. Sentimos en torno a nosotros el peso de siglos de historia.

Generalmente, las catedrales se orientan hacia Palestina. Es una norma de obligado cumplimiento, como afirma Fulcanelli en El misterio de las catedrales. Sin embargo, la catedral de San Vespasiano está orientada hacia una tienda de muebles propiedad del cuñado del maestro constructor. ¿Broma privada o señal para el iniciado?

Es de sobra conocido el significado que el armario empotrado con tres cajones laterales posee para los alquimistas. Algunos lo tienen por el símbolo de la Santísima Trinidad (y así lo refieren en sus tratados) y otros lo tienen en su casa porque las probetas y demás instrumentos caben muy bien y además es bastante mono.

Otra señal para el estudioso la encontramos en los confesionarios. Al contrario de lo que suele ser habitual, los confesionarios de la catedral de San Vespasiano no tienen puertas y las rejillas son demasiado pequeñas para permitir el acceso a su interior. El colmo de lo hermético.

Los relieves de las arcadas trilobuladas rebosan símbolos esotéricos. En ellos se observa una figura que se repite hasta en siete ocasiones. (Nota: el siete es un número mágico: los siete días de la semana, los siete jinetes del Apocalipsis, los siete meses del año, la edad que alcanza un niño al cumplir siete años, etc.).

El relieve en cuestión representa a un viejo con muletas que sujeta una serpiente en su mano derecha y un libro cerrado en la izquierda, mientras intenta infructuosamente colarse en la fila de la panadería. El dependiente de la panadería no es un ser humano, se trata de un lirón careto que luce un parche que le tapa los dos ojos y la divisa de la logia francmasónica «La verdad universal, según se mire», grapada en la frente.

Al parecer, André Depié se había hartado de que nadie interpretara los mensajes alquímicos con los que inundó la Iglesia de Nuestra Señora del Esguince de Tobillo y ahora pretendía ser más explícito. Las interpretaciones de este relieve han sido diversas. La exégesis de Charles Nobelieur, magníficamente expuesta en su libro El lirón careto y la alquimia. Una relación biunívoca, me parece la más acertada.

Nobelieur afirma que las muletas que lleva el viejo representan las dificultades del camino de la sabiduría, que solo puede ser recorrido hasta el final a través de una vida dedicada al estudio, de ahí que el hombre sea de edad avanzada.

El libro cerrado es, claramente, un signo esotérico. Si estuviera abierto sería exotérico y si no estuviera representaría la ignorancia. (Nota: a veces la ignorancia se representa mediante la Tuna de Farmacia).

La serpiente es, en opinión de Nobelieur, un símbolo fálico. El alquimista requiere concentración y el viejo sólo se concentraba para imaginarse a su vecina desnuda. (Nota: la vecina aparece en el relieve, en un segundo plano, afeitándose el bigote con una hoz). La serpiente se enrosca en su brazo dificultándole avanzar.

 El viejo intenta colarse en la fila, esto es, buscar un atajo en el camino hacia la piedra filosofal. Una señora con varices (indudablemente el Deus Ex Machina) se lo impide con una desafiante mirada de soslayo.

El lirón careto de la logia francmasónica ofrece pan, probablemente el primer alimento elaborado por el hombre, que se nos antoja la representación del principio creador universal.

André Depié nos muestra al portador de la piedra filosofal en la forma de un lirón careto, animal prácticamente desconocido que habita en el interior del bosque. La metáfora de lo oculto es presentada ante nuestros ojos. Curiosamente, el lirón tiene tapados los suyos con el parche, puesto que no soportaría la visión de alguien descubriendo su secreto. El camino está iniciado. El estudiante de lo hermético debe continuar solo, pues únicamente de esta forma alcanzará la verdadera sabiduría.

Sobre el autor: Juan de Gorostidi Colás era, en el momento de publicación de este artículo, Ingeniero de Montes por la Universidad de Córdoba.

Artículo de humor publicado en Isagogé 0 (2003)

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